El renombre adquirido por el Teide a lo largo de siglos procede de su elevada silueta vista desde el mar, asomada por encima de las nubes del alisio. Sobre el archipiélago, el Teide suma a su originalidad geográfica general en el océano su originalidad regional canaria, y a ésta la de sus recintos, sus formas propias enlazadas entre sí a diversas escalas.
Las formas del paisaje son reveladoras de unidades a distintas escalas, de procesos de distintas épocas, de diferentes relieves construidos y modelados con modalidades congruentes entre sí y con el sistema geográfico de conjunto Teide-Cañadas, que crean amplios sectores compuestos por múltiples albergues diferenciados donde se emparentan y diferencian a la vez sus singulares paisajes vegetales.
De este modo, el observador aprecia al mismo tiempo varias partes:
- La armonía y la belleza del conjunto en el volumen cónico del estratovolcán, destacado a 1.700 metros de desnivel sobre el rellano o atrio de Las Cañadas.
- El atrio, Las Cañadas propiamente dichas, con planta en forma de luna creciente, en buena parte alrededor de los 2.000 metros de altitud, configurado hoy por el relleno de un fondo de caldera volcánica de amplias dimensiones a través de la suma de una red de bocas volcánicas menores, de coladas del Teide y de Pico Viejo y de sus domos periféricos, con diversidad de lavas, desde cordadas con flujos suaves a derrames viscosos de bloques de obsidiana, y con llanos de finos depósitos torrenciales y lacustres atrapados sin salida e intercalados entre tales lavas.
- Un espigón de agujas rocosas ruiniformes que cruza y divide en dos tal atrio, denominado Los Roques de García.
- Cerrando el conjunto al sur, el resto marcadamente lineal y suavemente arqueado del edificio volcánico precedente al Teide y afectado por la mencionada Caldera de Las Cañadas, que llega a pasar de los 2.700 metros de altitud en su cumbre mayor. Es un edificio disimétrico que muestra hacia el norte un acentuado escarpe, tapizado parcialmente por derrubios abundantes, y hacia el sur un pronunciado declive en rampa hacia las altitudes de medianías e incluso hacia el próximo litoral.
Éstos son los escenarios en los que se integran a su vez formas medias y menores como coladas, lomos, conos, cráteres, campos de volcanes, domos, fisuras, muros, taludes, llanos, bloques, agujas, tubos, jameos, canales, malpaíses y lajiales, todos ellos en relieves rotundos.
Los paisajes del Teide están definidos directamente y en principio por sus formas de relieve, como la caldera y el estratovolcán, y, con más detalle, por elementos como la culminación del gran estratovolcán por el conelete lávico reciente, por las coladas negras que de él se derraman en melena por sus flancos, por las coladas antiguas del doble estratovolcán, por los domos periféricos y sus coladas, por los conos de aparatos parásitos menores, por las bocas y lavas de la erupción histórica de Narices del Teide, por el amplio y complejo cráter de la cima de Pico Viejo, que constituye una de las piezas de más entidad en el conjunto, por el espinazo de Los Roques, por el variado escarpe y el talud de Las Cañadas, por las mesas domáticas de este edificio, por sus huellas de incisiones torrenciales y de coladas de piedras, por los depósitos de torrentes y endorreicos.
El extenso escarpe de Las Cañadas muestra su distinta composición y dibujo de este a oeste. Comienza con alternancias de estratos de coladas y productos de explosión, sigue con un arco de apilamientos de pumitas, continúa con apilamientos de coladas, se realza en un sector central de domos y coladas masivas y se prolonga con coladas discontinuas, cortadas por diques y rematadas por mesas. Todo este conjunto de elementos del paisaje revela las etapas de construcción y de modelado del conjunto volcánico y acumula una nutrida geodiversidad en un sistema coherente.
En La Fortaleza, predominan coloraciones fuertes y nítidas bajo la luz cenital, grises, negros, blancos, rojos, pardos, ocres, a veces azules y sus mezclas, más los verdes vivos de las retamas, los apagados de los codesos, los intensos de las margaritas, los amarillos de las hierbas pajoneras.
Los rotundos colores del paisaje revelan, en realidad, las pautas de una naturaleza poderosa y característica. El poder de tal naturaleza se manifiesta a la vista para quien distingue los significados de los paisajes, tanto en una multiplicación de unidades -todo depende de la escala a la que observemos- insertas en la rugosidad de las formas, según éstas sean coladas, pumitas, sedimentos, etcétera, con una clara tendencia a configurar espacios métricos delimitados, “jardines” naturales circunscritos, en colaboración con la distribución de las plantas, como en su asociación en conjuntos según grandes formas y comunidades y en un todo diferenciado por la influencia general de la altitud, por su carácter de isla en la isla y por el recinto formado por el edificio compuesto en esta cúpula volcánica.
El paisaje evoluciona en el tiempo, tiene dinámicas. Para empezar, eruptivas. Una visita a la cumbre del Teide, con sus fumarolas; o a un cráter domático, con sus lavas estriadas por el roce del flujo viscoso; o a Narices del Teide, que muestra la fuerza de una eruptividad reciente, o una observación en las coladas negras o en el campo de volcanes suroccidental, permite ver conos y lavas que parecen haberse detenido en su erupción hace no mucho tiempo, con la apariencia de un dinamismo bruscamente interrumpido y constituyendo las formas actuales.
En segundo lugar, hay un dinamismo en el modelado erosivo de las formas, perceptible en el torrente de la Corbata del Teide o en el talud de derrubios de la pared de Las Cañadas, indicadores de etapas climáticas diferentes tras la apertura de la Caldera y la edificación del estratovolcán.
Los repartos de su peculiar vegetación de altitud, influida por el suelo pedregoso; la distinta humedad de los lugares, el clima en pisos y en umbrías y solanas de la montaña; los antiguos pastoreos, y las erupciones más recientes expresan grados elevados de armonía natural con ese sustrato y una vivacidad que contradice las impresiones superficiales de esterilidad en un medio rocoso, frío y árido.
Además, con el paso de los años, el paisaje del Teide muestra una variación fenológica llena de contraste. Esta aporta caracteres especialmente marcados y resalta un entorno definido precisamente por la atenuada estacionalidad.

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